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La guarida

Author: Lourdes Ortiz
Language: Spanish
ISBN: 84-95683-15-6
Price: 2,00 €
File size: (Guarida.pdf) 310 Kb.

(1 mujer y 6 hombres).
Unos personajes diferentes por edad y condición, por su formación y sistema de valores, se encuentran atrapados en una casa aislada en medio de una montaña. No pueden comunicarse con el exterior y deben permanecer juntos hasta el final del invierno. Encrucijada de lenguajes, intereses y afectos a partir de la cual la autora nos muestra un mundo dentro del mundo.
Excerpt

NEMO

Una casa aislada en medio de una montaña. Solitaria, imponente. De difícil acceso. Cuando se levanta el telón nos encontramos ante una inmensa habitación, una especie de salón-estudio atiborrado de objetos y sobre todo de imágenes por las paredes. Grandes fotografías de sucesos: rostros de refugiados, escenas de martirio, casas derruidas por accidentes naturales, ejecuciones. Un muestrario de horrores, colocado sin demasiado cuidado, en el que incluso se superponen las imágenes. En un rincón, mesa de estudio y libros en las estanterías y en el suelo. Al fondo, un enorme ventanal que da al campo. A la derecha del espectador, una mesa de comedor. En el centro, un sillón destartalado y una mesita. Puede ser una de esas cabañas de madera con fuego de hogar o una moderna mansión de cemento y cristal. Estatuas, objetos, reproducciones de obras de arte: Miguel Angel, Picasso, figuras prehistóricas y sobre la mesa de trabajo, como presidiendo, una lámina imponente del Saturno de Goya devorando a sus hijos. De espaldas al espectador o de perfil Nemo concentrado en su lectura. No hay demasiada luz. Afuera la tormenta. Se oyen truenos y la ventana se enciende con la luz repetida de los relámpagos. En el tocadiscos se escucha un disco de Mozart, la Pequeña serenata nocturna. La suavidad de la música contrasta con la violencia de la tormenta, que no parece distraer al hombre que trabaja. Tendrá unos sesenta años. Es alto, enjuto y está volcado sobre sus papeles. Pasa un tiempo y de repente hay un estruendo, algo parecido a un brusco choque y una luz que puede percibirse por la ventana. Nemo levanta la cabeza y mira hacia allí. Encoge los hombros y vuelve a concentrarse en su trabajo. Por una de las puertas de la derecha, que comunica con las habitaciones, entra aterrado Edgard. Es un hombre rechoncho de unos cincuenta y tantos años. Se dirige hacia Nemo; entra casi corriendo, pero al verlo concentrado en su trabajo se detiene de golpe. Nemo vuelve la cabeza.

 

NEMO  ¿Qué pasa, Edgard?

EDGARD  (Señala hacia el exterior. Tímidamente se atreve a decir:) Una explosión, un... Tal vez un avión, algo muy grande... debería ir a ver... puede que haya víctimas.

NEMO  Si ha sido un avión y alguien sigue con vida no tardaran en molestarnos. Pero acude, si te parece bien.

EDGARD  Llevaré el botiquín. Y alguna manta. Es una noche horrible.

 

(Nemo se concentra en su trabajo y Edgard sale para preparar las cosas. Pasan unos minutos. Poco después se oye el timbre, tocado con insistencia. Se escuchan voces alarmadas. Hasta Nemo llega la voz de Enrique).

 

ENRIQUE  ... muy cerca. A menos de un kilómetro. No creo que quede nadie más con vida. Pero esta señorita necesita ayuda. Y este caballero tiene el brazo roto.

 

(Nemo sigue centrado en su trabajo. Se oyen ruidos, exclamaciones, pasa un rato y entra Edgard).

 

EDGARD  Un accidente. Hay dos hombres y una mujer que se han salvado. Era una de esas pequeñas avionetas. Dicen que dudan de que alguien más siga con vida. Están magullados y necesitan ayuda. Quisieran saludarte. Yo voy a preparar algo caliente. ¿Les... hago pasar?

NEMO  (Se levanta con un gesto que no es de fastidio, sino de resignación). Claro, diles que pasen. Prepara algo de comer y trae coñac, güisqui. Querrán beber algo.

 

(Sale Edgard, se oyen voces atropelladas y al momento entran Enrique, Julián y Lucía. Vienen cubiertos de barro, con las ropas desordenadas y rotas y todavía con el susto reflejado en sus rostros. Enrique es un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, altanero y seguro de sí mismo. Desde que entran en la habitación uno percibe que es él quien lleva la voz cantante: un hombre de nervios templados frente a Julián —cincuenta o cincuenta y cinco años— que viste ropas de sport y presenta un aspecto desaliñado: pelo mal cortado, ligeramente largo, barba sin afeitar. Lucía, una mujer de unos veinte años, —minifalda, pelo largo; ropa sin gusto— parece muy asustada. Gimotea. Nemo se ha levantado y acude a saludarlos).

 

ENRIQUE  ¿En qué puñetero lugar nos encontramos? (Mientras aprieta la mano de Nemo, sigue hablando). Podría decirse que hemos tenido suerte. Tengo la sensación de que ésta, la suya, es la única casa con vida en muchos kilómetros a la redonda.

 

(Nemo se inclina ceremonioso y distante –como si representara una comedia— para besar la mano de Lucía y hace un gesto de saludo a Julián que sostiene su brazo derecho con la mano izquierda. En su rostro un evidente gesto de dolor. Sin decir nada Julián se dirige al sillón y se sienta. Lucía balbucea).

 

LUCÍA  ¡Qué suerte! ¡Qué suerte! Tengo un frío que me duelen todos los huesos. Tal vez me he roto algo por dentro. Hace una noche detestable ahí fuera. Nunca debí subirme en ese cacharro; las avionetas son como juguetes... Gracias, muchas gracias. No me vendría mal un baño caliente, un baño lo más caliente posible, si no es abusar de su amabilidad... no creo que ningún otro quede con vida... o puede que sí, puede que sí. Yo le dije a este señor que debíamos echar una mirada más detenida. Tal vez deberían acercarse otra vez... éramos catorce o quince... sólo catorce o quince y el piloto y esas dos chicas... Pero ellas no... a ellas las vi... Una cayó a mi lado y... (Se tapa la cara).

JULIÁN  No. No queda nadie más. Lo nuestro es un milagro.

LUCÍA  Pero algunos salieron disparados. Puede que...

ENRIQUE  (Tajante y dirigiéndose a Nemo). Si a usted no le importa, ahora, o mejor en cuanto tomemos ese café, podemos salir con una linterna y recorrer la zona. Tiene razón Lucía. Puede que haya alguien más.

 

(Nemo durante todo el tiempo ha permanecido de pie sin decir una sola palabra. Se le nota cansado, sin emociones. Sólo un ligero fastidio, matizado por la cortesía. Ante la insistencia de Enrique, dice).

 

NEMO  Edgard podrá acompañarles. Pero primero habrá que atender a ese brazo.

ENRIQUE  No me ha dicho dónde nos encontramos. Supongo que podremos llamar desde aquí, pidiendo auxilio. Tengo que estar en Calandria antes de las cuatro de la tarde. Tengo que dar una comunicación. Mi móvil estaba en el maletín. ¿Le importa que...?

 

(Edgard ha entrado en silencio llevando bebidas. Nemo se sirve un coñac y tarda en contestar. Julián se levanta y se sirve también. Enrique se sirve un güisqui y Lucía bebe, el que él le ofrece, de un trago).

 

(Inquieto). ¿Dónde está el teléfono?

EDGARD  No hay teléfono.

ENRIQUE  ¿Cómo que no hay teléfono? Entonces, si ustedes me permiten y si no les importa, lo primero es ir a buscar mi maletín y conseguir el móvil. Hay que avisar para que vengan a rescatarnos.

NEMO  (Con gran tranquilidad:) No hay cobertura.

ENRIQUE  Tengo dos teléfonos. Si uno no tiene, tendrá el otro.

NEMO  No. No hay ningún tipo de cobertura.

ENRIQUE  (Cada vez más nervioso y enfadado. Como si les culpara a ellos de su aislamiento). ¿Dónde coño estamos? ¿Cuál es la ciudad más cercana?

EDGARD  (Mirando a Nemo como pidiendo permiso:) La ciudad más cercana está en el valle. Pero hay distancia desde aquí hasta allí y no hay un buen camino. Resulta impracticable. Sobre todo en este tiempo en que todos los senderos están cubiertos por la nieve.

JULIÁN  (Divertido:) ¿Hemos llegado al fin del mundo? (Mirando a su alrededor, como si por primera vez se fijara en los objetos y en las imágenes extrañas que llenan la habitación). Ya sé. En realidad estamos muertos y ésta es la antesala del infierno. (Se levanta y hace una reverencia jocosa a Nemo). Satanás, supongo.

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