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La tierra

Author: José Ramón Fernández
Language: Spanish
ISBN: 84-95683-20-2
Price: 2,00 €
File size: (LaTierra.pdf) 240 Kb.

(3 mujeres, 5 hombres, 1 niño y un grupo indeterminado de muchachos. Puede hacerse con 3 mujeres, 7 hombres y 1 niño).
Finalista del Premio Tirso de Molina 1998.
Una muerte violenta que sucedió hace diez años ha cegado la vida de los que participaron en ella y de los que miraron a otro lado. Ahora, el regreso de María puede cambiar ese tiempo detenido.
Excerpt

La tierra

9

AHORA

 

Dentro de la casa. La comida ha terminado. Juan, el niño, sale corriendo. Pilar come aparte, a sus horas, y ahora reposa en su habitación. María y Mercedes quitan la mesa. Miguel está apoyado en la puerta y fuma, mirando al campo.

Mercedes quiere recordar con María que fueron amigas del alma y que, antes que nada, en esa casa estuvo María, su prima María; Mercedes quiere abrazar a María con sus palabras pero el aire está lleno de ponzoña y los abrazos están prohibidos, porque todo el mundo sabe lo que pasó y el silencio es como la savia de las hortigas. Mercedes no sabe decir te he echado mucho de menos.

Si te vas a quedar, tendrás que comprarte ropa. No has traído ni un mal jersey.

María trata de ver lo que miran los ojos de su hermano, más allá del lugar donde se mecían los álamos blancos. Dejé aquí casi toda la ropa.

¿La de abrigo?

Casi toda.

No sé.

No importa. Así bajo al pueblo.

¿A Santa María?

Sí.

Los jueves hay un mercadillo.

Miguel tira el cigarrillo fuera de la casa y dice voy a las olivas. Miguel se va. Como todos los días. Casi nunca es tan explícito. Por lo general no dice a donde, sencillamente dice me voy y sale fuera, arrastrando su pierna inútil y su mirada turbia.

María se acerca a la puerta. Lo ve, alejándose. Los futbolistas se recuperan. Los operan y en menos de un año vuelven a correr.

Mercedes recoge la mesa y no quiere volver al lugar que le quema los ojos. Él está bien así.

¿Bien? Está muerto.

Yo estoy segura de que no has venido a molestar.

María no sabe bien a qué ha venido. María haría cualquier cosa por no ver cómo se ha desvanecido la alegría de la carne de su prima. María no quiere ver que el cuerpo de Mercedes parece cubierto de ceniza. Dónde ponen el mercadillo.

Enfrente del cuartel.

Qué mala hostia tienes.

Mercedes coge la mano de María. No puede soportar más daños ni más odio. Perdona, no me di cuenta, te lo juro.

No importa.

Mercedes no ha soltado la mano de su prima. Es como si tocara un momento anterior, como si aquel contacto pudiera llevarlas al inicio. Hablar del pasado que menos duele. ¿Sabes algo de él?

Hace años.

Pensé que lo seguías viendo. Como vivís en Madrid.

Él ya no. Lo mandaron a Barcelona cuando las Olimpiadas y se quedó allí. De todos modos no lo veía. Bueno, le veía andar por la calle. Llevar a sus hijos al colegio. Pero sin hablar con él. Cuando llegué a Madrid nos vimos en una cafetería. Me dijo que no quería volver a verme, que no era bueno que nos relacionaran. Se marchó y yo me quedé mirando la gente que pasaba por la calle. En Madrid todo el mundo anda como si hiciera frío. No me importaba, ya no era él. Él, aquí, era lo de fuera. Allí era una cuerda que me ataba al pueblo y a todo lo que pasó.

¿Estás bien allí?

Voy viviendo. He aprendido a aguantar, rodeada de un mar de gente que hace lo mismo. Aguantan, sin ninguna finalidad. Siguen dejando pasar los días y se conforman con premios muy pequeños, con un minuto dulce al día. ¿Sabes cuáles son mis mejores minutos? Cuando vuelvo a casa en el metro, los viernes por la tarde, después de trabajar toda la semana. El vagón va lleno de gente joven que grita y que esa noche piensa pasarla en blanco. Después de unas cuantas estaciones va quedando la gente del barrio. La gente como yo. Llevan toda la semana trabajando. Llevan toda la vida trabajando y ésa va a ser su manera de pasar por este mundo. Somos los que hemos perdido. No sabría decir por qué tengo esa sensación. Sé cual ha sido mi derrota y siento que soy como todos ellos. Miro en sus caras. A esa hora nadie lee. Por la mañana muchas mujeres vamos leyendo, pero el viernes por la tarde nadie lee. Sus caras dicen que van a llegar a casa, van a encender la luz, se van a quitar los zapatos, van a cenar, van a poner la televisión y no van a hacer ningún caso de los programas que pongan, porque se van a sumergir en un océano de silencio, porque la semana ha terminado y ellos han ganado una hora de paz, arrebujados en una manta, dejando que su cabeza se quede quieta como el agua. Ese viaje de metro es algo maravilloso, es el único lugar donde la paz no cuesta nada.

El silencio se ha dejado caer sobre la Tierra como si se hubiera detenido.

Vamos a tener un problema con tu regalo.

Con el vídeo.

Con la camiseta del niño. Dice que quiere hacer la comunión vestido de futbolista.

A Miguel no le ha hecho mucha ilusión el vídeo.

No tiene el día. Se lo podíamos instalar y cuando vuelva lo probamos. Estos aparatos son un problema, por el polvo. Como no llueve, se mete el polvo en todas partes, un polvo fino como ceniza. La puta lluvia, que visita todos los pueblos menos éste. Con todo lo que ha llovido en otros sitios y en este pueblo pasan las nubes de largo. Seis años de sequía y tres rabiando de ver cómo llueve en todas partes.

Vendría bien el agua para limpiarlo todo. Cualquiera diría que no ha vuelto a llover desde el accidente de Miguel.

Mercedes quiere dejarlo estar. Piensa que es fácil marcharse y luego decir cómo se tenían que haber hecho las cosas. Sale y deja sola a María, que juega con las migas que quedan sobre el mantel y escucha su corazón vacío. Mercedes entra de nuevo y le pone a María sobre los hombros una de sus chaquetas. Aprovecha el gesto para abrazarla. María besa la muñeca de Mercedes. Creo que me voy a echar un rato. María se cruza con su madre, que sale de la habitación con el gesto abrumado, como si los sueños fuesen sólidos y le hubieran aplastado la piel contra los huesos.

Hala, hija, a reposar un poco. Qué tarde habéis comido, es casi la hora de merendar.

Nos hemos quedado hablando.

Hala, a dormir un poco.

Pilar pasa junto a Mercedes sin mirar a nada. Mercedes echa un cabo. Creí que estaba usted fuera.

Me he acostado un rato.

¿Está usted bien?

Sí, hija. Me dolía un poco la espalda. Quieres que friegue.

Ya lo haré yo.

Pilar se queda apoyada en el quicio de la puerta, mirando hacia fuera. Mercedes saca una caja de cartón y de ella unos pantalones blancos. Voy a meter el pantalón del niño.

Está el crío ahí fuera.

¿Qué hace?

Mercedes está acostumbrada a que su suegra no conteste. Se acerca a la puerta y llama a Juan. Pilar ve a su nieto pasar junto a ella y siente un escalofrío. Queda un momento mirando hacia fuera y sale sin decir nada. Los ojos de Mercedes siguen los pasos de Pilar y quedan desamparados en el borde de la puerta. Casi mecánicamente, pone al niño los pantalones y señala con alfileres la medida del bajo.

 

 

16

AHORA

 

Miguel, junto al último de los olivos de la vega. Ha bebido hasta borrar sus ojos. Entre sus dientes se enredan unas alegrías de Mercé, se ríe de su propia torpeza, «Una vez que te dije péiname juana, me tiraste los peines por la ventana». Habla con el suelo que hay bajo sus pies.

 

Ha vuelto María. Por eso vengo a hacerte una visita. Supongo que sigues ahí. O a lo mejor tu sangre ha servido para alimentar las hojas de este olivo, o los espárragos que crecen por aquí. Hace tiempo que no hablamos. Desde la noche que te dimos tierra. Quedan muy pocos. La mayoría se fueron enseguida. Yo he cambiado mucho. Tengo una culpa tan grande que nunca he vuelto a hacer daño a nadie, ni un daño pequeñito. Nunca sonrío, nunca soy amable, nunca me niego a hacer lo que me piden. Mi cuerpo hace las cosas como si no tuviera nadie dentro. Todo el mundo confía en mí. Todos creen que soy una buena persona, menos los que saben. La gente me tiene por buena persona porque soy capaz de comprender a todo el mundo. No hay nada que me parezca imperdonable. Todos los que viven en este pueblo tienen una cosa en común y son los ojos. Sus ojos son débiles y ya no saben mirar de frente. No miran de frente ni a la gente de su familia, ni a sus padres ni a sus hijos, no son capaces de soportar la certeza, y si les pusiera delante de tus huesos y les dijera los nombres de los que rompieron esos huesos, dirían que miento y que eso no es posible porque tú no has existido jamás.

Aquí no se respira. La mayor parte de la gente se fue y no ha vuelto. La tierra se ha secado. Igual que nuestra vergüenza.

 

Voy a traer el agua. Voy a dejar que la gente sepa lo que pasó. Voy a dejar que la lluvia te moje la cara.

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